lunes, 31 de julio de 2017

La historia de un poema de Eduardo Espósito





por Eduardo Espósito (*)
Especial para El Desaguadero

La casa de al lado quedó deshabitada y silenciosa por muchos años, a causa de las frecuentes inundaciones que asolaban a Paso del Rey, mi pueblo de la infancia. Solíamos jugar en ella desde muy chicos, especialmente en los veranos, sorteando un paredón, deslizándonos entre pastos altísimos, arrebatando las mandarinas sin dueño que crecían junto a la higuera.

Ya en mi adolescencia, dos familias jóvenes  -muy hippies ellos- llegaron para volver a darle vida. Pintaron, revocaron y cortaron el pasto. También comenzaron a sembrar en esa tierra  presuntamente virgen. Desde el alambrado, yo vi crecer zapallos, calabazas, tomates, habas, y unas plantitas que hasta ese entonces nunca había visto siquiera. Luego me enteré que no eran para infusión precisamente. Disfruté mucho de su breve vecindad, en especial, cuando desde la ventana de mi dormitorio escuché alelado a David Lebon cantar «Hombre de mala sangre». Y es que hablo de una época complicada para nosotros, los amantes del rock nacional. Sólo había por aquel entonces dos emisoras de radio -capitalinas por cierto- que transmitían a Pescado Rabioso, Sui Generis, Manal, más las delicias del rock sinfónico inglés con Yes, Pink Floyd, ELP y otros monstruos. Encontrar gente con gustos musicales afines era estar en la gloria. 
                                                                      
Pero justo cuando comenzábamos a intercambiar nuestros discos y los libros de la colección Minotauro, y a disfrutar de algunos humos juntos, se fueron, tan rápido como habían venido. La casa se había vendido de un día para el otro. Esta vez, un matrimonio mayor comenzó a verse y oírse en las mañanas. La señora –Lidia- comenzó a invadir el espacio aéreo de mi patio con música clásica, su marido Bogdan, un bielorruso al que le decíamos Carlos, porque así lo llamaba ella, prefería cantar tangos.

Ávida de conocimientos, interesada en todo lo que fuese cultura, Lidia comenzó a preguntarme, a los pocos días de instalados en su nueva casa, qué era esa música que yo escuchaba. Le habían llamado la atención Pink Floyd y Rick Wakeman, para mi satisfacción. Por esos días, le comenté que algunos de sus discos clásicos me parecían muy buenos, y claro, sin gran conocimiento yo había estado elogiando a Beethoven y Tchaikowski, nada menos.

Pasaron algunos años, en los que Lidia me obsequiaba pilas de suplementos culturales, especialmente de poesía, dado que se enteró de que yo garabateaba algunos textos y se ensamblaron mejor nuestras conversaciones. Llegó 1982, me fui a vivir a Gral. Roca, Río Negro, llevé conmigo un regalo que atesoré en mi estadía patagónica. Sabiendo que partía al sur, Lidia me regaló un long play con la «Sonata a Kreutzer» de Beethoven. Un disparador que me acercó definitivamente a los clásicos, claro que sin olvidarme de mi amadísimo rock. 

En 1991, regresé a Paso del Rey, a la casa de mi infancia. Lidia, bastante mayor ya, se puso muy contenta. Seguramente le gustó retomar ciertas charlas que no sabía compartir con su marido. No me animé a decirle que mis discos –incluida la sonata- habían quedado en Río Negro, luego de mi divorcio.

Y así siguieron pasando los años, con afectos y obsequios de ambas partes. La vecina comenzó a utilizar un bastón, pero siguió activa mientras pudo, no sin un cierto donaire a pesar de su nueva y penosa enfermedad. El poema «Le gustaba Beethoven» fue escrito al día siguiente de su fallecimiento. No pude evitarlo. Simplemente salió. Tiene una particularidad: es el único poema fechado, de los tantos que compuse. Cuando lo lean, de seguro comprenderán el motivo.

Existe, debo reconocerlo, una cierta conexión especial con el público, cuando lo leo en algún recital. Supongo que a mí me ocurre lo mismo con ciertos poemas de otros autores. Creo entender el porqué. Habiendo un buen manejo del lenguaje en un poema, lo que el lector u oyente atentos perciben es, a mi parecer, la autenticidad, la carencia de golpes bajos, de artificios. Esto es impagable, porque allí está la verdadera Poesía, esa madre superadora que nos sigue arropando ante las inclemencias del sistema.

***



LE GUSTABA BEETHOVEN

Ayer nevó en Bs. As. Después de 89 años
También ayer falleció Lidia la vecina
después de 85
Eventos que no ocurren a menudo
como ases en la manga salen a la luz
Dos buenas jugarretas del destino
un extraño combo inesperado
Si no viajo pienso
no veré la nieve nuevamente
si no muero no veré a Lidia como ayer
Lo cierto es que nada garantiza
que si viajo en Bariloche habrá nevado
que si muero iré a tomar el té con la vecina
o a escuchar a Beethoven
tocarle un solo de arpa
La nieve comienza a disolverse igual que Lidia
y yo sentado frente al mar de lo ya escrito
me abrigo bien en mi afán de perdurar.

10/7/07

De “Quilombario”. Ediciones Amaru (2008)

 *Eduardo Espósito (Argentina, 1956) Ha publicado. El niño que jugaba a ser Rayo. Bs. As.: El Francotirador, 1992; Violín en bolsa. Bs. As.: El Francotirador, 1995. Una novia para King Kong. Bs. As.: Amaru, 2005, Quilombario. Bs. As.: Amaru 2008, Las Puertas de Tannhäuser. Bs. As.: El mono Armado, 2011. Participó en varias antologías, destacándose entre ellas Poesía en el subte. Bs. As.: de la Flor, 1999.Coordina desde 1996 el taller de escritura de la Dirección de Cultura de la ciudad de Moreno, y a partir de 2001, desempeña igual actividad en el taller literario “Elementales Leches” de la ciudad de Gral. Rodríguez, Argentina.


                                                                             









lunes, 10 de julio de 2017

Poemas ante la amenaza del Tiempo

Ánima cruda, de Horacio Castillo (h). El Mono Armado, 2016.

por Fernando G. Toledo

En esa acuciante película que es Cabo de miedo (Cape Fear, 1991), de Martin Scorsese, el terrible montañés Max Cady sale de la cárcel decidido a vengarse de su abogado, Sam Bowden, quien no ha hecho bien el trabajo de defenderlo para evitar su condena.

Pero el procedimiento de Cady (interpretado en esta versión por Robert De Niro) es singular: no se trata sólo de ejecutar su venganza, no. Antes será necesario anunciarla, establecer un plazo no inmediato y luego advertirle a su víctima que el reloj está corriendo y él siempre estará allí para recordar que su amenaza está vigente.

En Ánima cruda (El Mono Armado, 2016), el poeta Horacio Castillo (h) construye un libro de poemas reconcentrados, contundentes, de una rara perfección, para poner en versos la denuncia de una amenaza similar a la de Cady, emprendida con la misma psicopática argucia de no permitir que la víctima olvide que lleva la sombra de una condena sobre sí. Sólo que en este caso, quien dicta la amenaza, sabemos, será mucho más eficiente y temible que el desquiciado Max Cady. Aquí, el enemigo no es otro que el Tiempo.

A pesar de que se trata del primer libro de Castillo (h), no tiene nada Ánima cruda de obra inicial. Al contrario, rezuma madurez. Los datos biográficos del poeta nos ayudan a entender ese paso firme: publica su primera obra a los 48 años, tiene (es evidente) un grueso caudal de lecturas sobre sí y, acaso –porque esto es hipotético– tuvo la oportunidad de conocer la «trastienda» detrás de la escritura y corrección de un poema por el hecho de atestiguar el trabajo de su padre, que no es otro que el admirado y recordado Horacio Castillo, autor de poemarios tan deslumbrantes como Tuerto rey o Cendra.

Horacio Castillo (h).

La mencionada madurez es la que permite, claro que sí, que Castillo (h) incline la temática predominante de sus poemas hacia el centro de gravedad del Tiempo (así, con mayúsculas, tal como aparece en la cita de Thomas Wolfe que cierra el libro). El Tiempo es para este poeta el gran asediador, el asesino acechante que cumple con la amenaza de su constancia y se encarga de mostrar con anécdotas triviales y cotidianas que no cejará en su tarea.

Por ello, el poeta anota cada aparición de la conciencia del Tiempo en su conjunto breve (otro gesto de madurez) y potente de poemas, y se enfrenta con ellos ante su acosador con un aire de estoica resignación en el tono:

«…Tal vez quede algo sin materia, vaciado de sustancia
un punto de extrañeza sobre el que volverán y girarán sin sentido
durante algún almuerzo de verano
mientras sacuden los recuerdos de los manteles»
(Almuerzo de verano)

Ese tono resignado –que no da lugar a la estridencia aun cuando Horacio Castillo (h) se permita desplegar sus ideas y su música en versos anchos y arrestos de narratividad– dota a sus poemas de cierta impronta «giannuzziana», como bien apunta César Cantoni en el texto de contratapa.

Pero Castillo (h) no es un mero epígono de Giannuzzi. En Ánima cruda, más bien, lo que vemos es una expansión de la lírica del autor de Contemporáneo del mundo, o al menos una bifurcación de sus búsquedas. Esto es, una exploración y una explotación de las herramientas «giannuzziannas» (la sobriedad verbal, la pátina de engañoso antilirismo, el escepticismo, la racionalidad) en pos de una «insurrección», que sólo podrá traducirse en el modesto y frágil fruto que representa el texto poético:

«…como si esas robustas ramas,
ajenas al cromático concierto que se despliega en la mañana,
sólo esperaran un improbable florecimiento,
que cuelgue un cuerpo muerto,
un ánima cruda».
(Insurrección)


 Conviene retomar al fin otra escena de Cabo de miedo: para sacarse de encima la condena que pesa sobre sí, Sam Bowden contrata a tres matones que irán a amedrentar a Max Cady. Será un intento vano, pues el pérfido ex convicto se quitará de encima a los hombres que le ha enviado su víctima, quien observa la escena con terror. Al acabar con ellos y oír un ruido que le indica que Bowden ronda el lugar, Cady le habla al aire sabiendo que el que le ha enviado a los «maporros» va a escucharlo: «¿Creías que te ibas a librar de mí? Yo soy más poderoso. Yo soy como Dios, y Dios es como yo». 

Si pensamos en que en Ánima cruda, el Tiempo es el que lanza esa imprecación, no es de extrañar que Castillo (h) haya escrito estos versos, hermosos y dolidos, resignados pero conscientes de que, en efecto, no va a poder librarse del Tiempo. Y que, mientras la amenaza llega para cumplirse, él no puede más que legar estos poemas dictados por la sabiduría del que conoce que, como decía Publio Siro, «es estúpido temer lo que no puede evitarse».


Tres poemas de Ánima cruda, de Horacio Castillo (h)


La mirada de los perros

Hoy es un día apagado, las cosas carecen de su brillo habitual,
reconozco entre las sombras las señales de la devastación
y me pregunto inútilmente sobre esta subterránea oscuridad.
Tendido a mis pies, un cuerpo ennegrecido espera,
una materia simple, organizada sin turbulencias,
dirigiéndome esa mirada que siempre tienen los perros en los ojos.


Almuerzo

Ahora los vemos correr con gracia, leves,
flotando en un mundo demasiado extenso todavía.
El viento de la historia aún los sobrevuela con indiferencia
y es probable que de este almuerzo no saquen mayores conclusiones
que revolviendo la tierra en busca de lombrices, babosas o insectos mitológicos.
Pero nosotros, en la sobremesa, mientras juntamos platos y botellas vacías, 
nos preguntamos qué quedará del día de hoy, qué se extinguirá para siempre.
Tal vez quede algo sin materia, vaciado de sustancia,
un punto de extrañeza sobre el que volverán y girarán sin sentido,
durante algún almuerzo de verano,
mientras sacuden los recuerdos de los manteles.


Absolución

Esta mañana, ha de ser como todas las mañanas en el mar,
niños corriendo en la arena, la respiración jadeante de las olas en la orilla,
el tiempo detenido bajo el sol.
No habrá sobresaltos, no habrá absurdos interrogantes por responder,
ningún esclarecimiento, nada que turbe el ocio o estremezca la conciencia,
sólo el tiempo detenido, calcinándose bajo el sol.
Pero en cierto modo, hay una irrefutable orfandad en este paisaje,
algo que me excede, una claridad que roza el perfil de la verdad,
como si ante la proximidad de un final que desconozco
todo en este instante me fuera perdonado.


jueves, 29 de junio de 2017

Melissa Carrasco y las raíces de la poesía


Foto: Marcelo Ramos


Melissa Carrasco (Santiago de Chile, 1987), es poeta y profesora de Lenguaje y Comunicación. En su oficio como correctora ha colaborado con diferentes editoriales de Valparaíso. Desde que vive en Mendoza dicta talleres de poesía y edición, además de ser una editora independiente. Fue finalista en 2015 del premio «Gabriela Mistral» y, en 2016, participó en el «IV Festival Internacional de Poesía de Mendoza», junto con Ignacio Martín Sánchez y Sabrina Barrego, para la mesa de poetas inéditos. Ese mismo año apareció Las Plantas, su primer libro donde concentra un poderoso grupo de poemas tan precisos como desbordantes de una luz extraña. En un comentario final, Gabriel Pérez nos dice que este poemario: «Pone en evidencia y a la vez denuncia, directa o indirectamente, la trágica verdad del mundo, vacío y procaz, en el que nos enfrentamos por estos días…». Tres preguntas, entonces, para entrar al mundo natural y poético de Carrasco.


1-EN ESTE MOMENTO

–En tu primer libro, Las Plantas (2016), hay una mirada extrañada sobre la infancia, ¿Cómo pensaste, desde la actualidad, los recuerdos convertidos en poemas?  

–La infancia para mí siempre fue tema crucial, creo que es la etapa en que nuestro lenguaje es poético en un estado más puro, intrínseco, sin las pretensiones que tenemos de adultos. Este libro lo escribí en Valparaíso hace unos tres años y busca acercarse (vanamente) a esa instancia, que ya no es la misma cuando la escribimos y en ocasiones a ese lenguaje, un total imposible. Finalmente, como expliqué alguna vez, lo que quise fue desenterrar los juguetes de la infancia, intentar ese juego y enterrarlos nuevamente. Para mí es un verdadero alivio que haya salido este libro, para olvidarme de él. Vendrán otros, igualmente dolorosos, pero diferentes.


2-EN ESTE LUGAR

–Sos una de las que coordina el ciclo Indeseables/Poesía Itinerante, contanos cuáles han sido sus actividades y cómo ves a los/las poetas de Mendoza.


–Indeseables/Poesía Itinerante es un movimiento cultural independiente, sin fines de lucro, que coordinamos junto a Paula Bilen. Armamos una agenda mensual con encuentros literarios, a veces temáticos, donde solemos exponer algunos estudios sobre literatura, hay música, ilustración, en ocasiones teatro, micrófono abierto y creación colectiva, siempre en distintos espacios de Mendoza. Además hacemos actividades de Poesía a la Calle, que incluye intervenciones públicas en espacios y medios urbanos, y muchas otras cosas que tenemos en mente. Todas las actividades son abiertas y contemplan una participación libre, desprejuiciada. Con respecto a los/las poetas de Mendoza, creo que hay menos de los que se cree, pero muy buenos. Hay una herencia importante que de a poco voy conociendo, a la que creo todos debiesen mirar un poco más. Hay varios poetas mendocinos, vivos o muertos, que admiro mucho. Aunque también advierto actualmente un clima muy autocomplaciente y sectario, que generalmente va de la mano con la falta de autocrítica y trabajo serio.

3-UNA REFLEXIÓN


–En uno de tus poemas decís: «cuando yo abro mi boca / también soy una ola…», ¿De qué maneras las mujeres que escriben poesía están haciendo oír su voz?


–Puedo hablar en mi caso y referido a las poetas que conozco: trabajando juntas, elaborando proyectos, abriendo espacios para todos y todas, llevando nuestra convicción poética a cada taller o exposición que realizamos, a cada libro que empujamos a salir, y sin permitir, en ningún caso, desvaloraciones paternalistas que no tengan que ver exclusivamente con nuestro trabajo.


Dos poemas de Las Plantas


Las últimas horas

Yo voy dibujando casas por el camino.
Tengo los nervios duros,
la boca hecha pasta,
cinco lápices en cada mano.

Tú quieres las casas en el papel.

Una casa de una puerta
y cuatro ventanas como la mía,
ofrece cuatro modos de beber el día,
sólo uno de vivirlo.

Una casa sin puertas
y sin ventanas es el mundo,
creo que en algún momento que nos recordamos
hemos entrado en esta casa
y ya se nos hizo imposible salir.

Una casa con dos puertas, sin ventanas,
es donde pasan sus últimas horas las plantas,
ajenas de todo impulso, de toda aspiración.

Lugar donde entran
o salen
los enfermeros que las atienden,
quienes al salir sirven a la vida
y al entrar rinden culto a la muerte.

*

Enredadera

Yo miro por si pasan mis árboles
por si alguien viene a buscarme

a coser este brazo que desencaja.

No veo más que tormenta,
la furia desenraizando los campos.

Nada hay que sobreviva a esta casa:
ni las lámparas ni los relojes ni las voces

ni la enredadera que colgué del techo
ni el poema clavado a la puerta.

La enredadera saldrá de este lugar,
pues no encontró luz dentro

ni encontrará
al romper el vidrio de la ventana.

Mis árboles han entrado en los torbellinos.
No vendrán a devolvérmelos.

Se pierden
como yo

diminuta
                en el fondo.


sábado, 10 de junio de 2017

La resistencia es inútil




por Hernán Schillagi

Sin duda, la poesía es desafío, es decir, la lectura de poemas propone (e impone, por qué no) una visión oblicua, una musicalidad desacostumbrada y una disposición del discurso que rompe con la prosa de la realidad de todos los días.

Cuentan que García Lorca escuchaba muy atentamente recitar a Rubén Darío y cuando este llegó al  verso: «que púberes canéforas te ofenden al acanto…»; el granadino dijo: «A ver, otra vez, por favor, que sólo he entendido el ‘que’…». Podríamos concluir que es la anécdota de dos atrevidos del idioma castellano, ya que solo basta con recordar algunos pasajes que asestó Federico en su libro  «Poeta en Nueva York» para equilibrar los tantos. Pero, por otro lado, ¿resultan tan desafiantes los poetas en la actualidad? ¿Lo fueron realmente alguna vez? Allá lejos quedó el deseo de Platón de expulsar a los vates de la polis griega por veleidosos y delirantes.

Si bien no existen muchos lectores dispuestos a entrar en el territorio poético (con malicia se ha dicho que un poema es un cuento flojo con muchos «enter»), el género hoy está asimilado: se leen poemas de compromiso en actos escolares, se perpetran frases edulcoradas de lirismo facilongo en los muros virtuales, se enseña como un fósil de museo en las universidades. Esa «asimilación» de la sociedad es como la que hacían los Borg, esos personajes de la Nueva Generación de Star Trek, que tomaban automáticamente y por la fuerza toda la información y vida de culturas diferentes, pero para hacerlas desaparecer adentro de un «colectivo» sin identidad propia. «La resistencia es inútil», decían en modo robot. Como inútil le resulta también a esta sociedad la poesía, por eso la tolera con aire perdonavidas como algo que tiene que estar presente en concursos oficiales, despedida de jubilados, o festejos civiles. Queda bien leer unos versos en algunas ocasiones, la gente aplaude con fuerza como si quisiera aplastar cada palabra amplificada por el micrófono.

Los poetas, además, ¿redactan textos para los que no son escritores de poemas? ¿Poesía solo para poetas? ¿Sueñan los poetoides con lectores eclécticos? Tengo la fantasía de salir a caminar por la ciudad y preguntarle de sopetón al que vende churros en la esquina, o a la que cobra el estacionamiento: «¿Te anda haciendo falta un poema?». La necesidad (poética) tiene cara de jefe.  Lo cotidiano, por otro lado, funciona al igual que un cerco ambivalente: apresa a la escritura tanto como la justifica. Aunque escribir no deja de ser una posibilidad de ir un poco más allá, correr los límites hasta ámbitos inusuales. María Negroni lo define como «El arte del error», donde plantea con lucidez: «La escritura busca siempre lo mismo: rebelarse contra el automatismo y las petrificaciones del discurso, que cancela el derecho a la duda, limitando a las criaturas el acceso a su propia inadecuación…».

Tal vez  por eso, el que habla en un poema se reconoce más en lo material que en lo visionario. Visualizar una frontera en concreto, darle un nombre y demarcar las limitaciones humanas (con sus defectos y virtudes) quizá sea el pulso necesario para que se dé ese quiebre o salto entre verso y verso, un abismo blanco en la página ante los ojos desprevenidos del que lee. Para llegar a un resultado tan sonoro como gráfico de una búsqueda sin contemplaciones, los registros en papel (y voz) de un cimbronazo que nadie advirtió, pero que dejó huellas reconocibles. En una palabra, incomodar. «No vine a divertir a tu familia / mientras el mundo se cae a pedazos…», decía Fito Páez en una canción. Porque el desafío, finalmente, es advertir que el poema verdadero está también afuera y no solo en las palabras. Aunque sin las palabras de un desatinado poema, la realidad quedaría a merced de ser nombrada por los que la quieren de un único e insoportable modo.   

viernes, 26 de mayo de 2017

La historia de un poema de Valeria Pariso

Valeria Pariso (foto de Pachu Villar).

por Valeria Pariso (*)
Especial para El Desaguadero

Tal vez porque cuando aparece algo que podría disparar mi escritura, tomo especial cuidado en no escribir (sino que espero a que eso se asiente, se transforme) es que me cuesta hacer este ejercicio de recuperar la historia que está detrás de un poema.

La historia previa al poema ha sido deliberadamente disuelta o disgregada, hasta convertirse en material de trabajo, de modo que lo que me queda no es una historia sino una herramienta.

Unos versos de Margaret Atwood explican lo que quiero decir. Ella dice: «No preguntes por la historia real: / ¿para qué la necesitas?» (Historias reales, Margaret Atwood, Traducción María Pilar Somacarrera Íñigo, Editorial Brugera, España, 2010.).

Así trabajo.

Al momento de escribir no me importa si la historia que recuerdo fue real o no, lo que me importa es la evocación y lo que construyo a partir de aquello que operó como disparador de la escritura.
Ahora bien, hecha esta salvedad, voy a contar lo que vi y oí, tiempo antes de escribir uno de los poemas de Triza (Editorial de Todoslosmares, recientemente editado).  Elijo este porque acá está bien marcada la incidencia de la anécdota como parte del poema.

Una tarde iba caminando por una de las veredas de la plaza San Miguel. Era otoño. Cinco de la tarde. No me acuerdo cómo estaban los plátanos.

Enfrente de la plaza está la municipalidad y al lado de la municipalidad hay un bar y, como muchos bares, este saca las mesas y las sillas a la vereda. Había hombres conversando, sentados afuera.

La Municipalidad tenía las puertas abiertas pero no se veía a nadie.

Yo no me crucé. Seguí por la vereda de la plaza.

Sobre uno de los bancos de la plaza veo sentado a un perro abrazado a un hombre. El perro era negro, grande. El hombre tenía puesto un traje que alguna vez fue negro, roto, como de cien años, y no tenía zapatos.

Pasé delante de ellos y ninguno de los dos se movió. Hasta creo que me paré a mirarlos. Enfrente, en el bar, los hombres hablaban fuerte. 

Me acuerdo haber sentido que la calle Sarmiento, que separa la plaza del bar, separaba también el sonido. Todo el silencio de un lado, todo el ruido del otro.

El silencio de este lado, del lado por el que yo iba caminando, que era el mismo lado del perro y del hombre vestido de negro y sin zapatos, se me volvió enorme, perturbador. 

Tiempo después,  escribí el poema.



15

Un perro de la calle abraza a un hombre.
Lo veo: el hombre sentado en la plaza
sube a su cuello las dos patas delanteras del perro.
El perro no le tiene miedo. Están ahí: cara con cara.
Los dos abandonados se abrazan.
En silencio se abrazan.
Hay dolor de huesos, de hembras.
En el amor a los dos los mordió el hambre.
No hay nada más animal que la belleza.


Valeria Pariso nació en 1970, en la Provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía: Cero sobre el nivel del mar (Ediciones AqL, 2012), Paula levanta la persiana (Ediciones AqL, 2013); Donde termina esta casa (Ediciones de la Eterna, 2015), Del otro lado de la noche (El Mono Armado, 2015) y Triza (Editorial Detodoslosmares, 2017). En el año 2014 crea, en Bella Vista, un ciclo de poesía destinado a la lectura de poesía contemporánea entre vecinos que continúa coordinando en la actualidad, incluyendo fotografía a cargo de Karina Giglio y música a cargo de César Jorge. Coordina talleres de poesía. Tiene los blogs: Tanto te quería, La ficción del olvido y Viajar es un poema

sábado, 20 de mayo de 2017

Esperando el milagro


Todas esas cosas que no usás, de Pablo Gullo. Bruma ediciones, 2016

 por Fabián Almonacid
Todas esas cosas que no usás es el poemario del mendocino Pablo Gullo que ha sido publicado el año pasado, compuesto por 38 poemas. Muchos de ellos habían sido dados a conocer por Gullo en un blog, el mismo al que llegaron los editores de Bruma, quienes apostaron, muy acertadamente, a editarlos en formato papel. 

La cuidada edición cuenta con un exquisito prólogo de Mercedes Roffé, que a modo de un «esbozo de una poética» se encarga de analizar los poemas. Además, la foto de tapa es autoría de Lorena Mont, que capturó con su lente un grafiti en el cual hay una alusión al músico y artista estadounidense Daniel Johnston, del gusto del autor de los poemas, lo que ha terminado por conformar un libro cargado de alusiones.

Gullo, como nos tiene acostumbrados en sus textos narrativos, juega con maestría con lo no dicho, con una ironía como sello distintivo y personalísimo. Sin embargo, estos poemas nos muestran un yo poético más descarnado, preocupado por cuestiones ontológicas, aunque también se da un tiempo para reflexionar sobre lo cotidiano.

Y entre esas preocupaciones podemos citar dos poemas –el que abre y el que cierra el libro–, que contienen referencias bíblicas. A ellos me remitiré, ya que el prólogo de Roffé se detiene en una ajustada interpretación.

«Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios». Mateo 19:24 es el primer poema y el versículo hace referencia a la declaración de Jesús cuando intenta explicar el sacrificio en la Tierra que conlleva la promesa del cielo. Y un verso de ese poema, «entre la fe y la falacia», nos da el tono del poemario. Porque la alusión bíblica se menciona para ponerla en tela de juicio, evidencia una lucha entre creer a ciegas y la mentira de esa creencia. ¿Qué esconde, además, esa probable dicotomía? ¿La fe en la palabra o la falacia de la palabra? ¿Qué hay entre la fe y la falacia? ¿Se puede habitar allí? 

El libro concluye con otro versículo. «Jesús le dijo: “Levántate, toma tu lecho, y anda”». Epitafio (Juan 5:8) se llama el poema y hace referencia a las palabras dichas a un paralítico que deja de serlo por la intervención divina. Se interpela el yo poético desde ese lugar en el que yace el que creía que todo iba a ser fácil, en el umbral de la muerte, con la metáfora de los 40 años (o los 38 poemas) en el desierto del pueblo judío como emblema de castigo y victoria, a pesar de las derrotas aparentes.

Ambos poemas, en definitiva, nos hablan de un milagro. Del posible milagro que sucedió desde ese primer poema en el que se confiesa «me nacen los odios como lava» hasta los versos «Aquí yaces // sin rencores» del poema final. Y del milagro de seguir, a pesar de que el camino se estreche «entre la fe y la falacia», y, por qué no, del milagro que no fue, del que no es día a día. Pero también, estoy seguro, del que se produce cuando se es «fénix en cada amanecer».

Pablo Gullo*
Dos poemas de  
Todas esas cosas que no usás

Mateo 19:24

Estoy al fondo de la lluvia de relojes
dormido en la caverna de los ciegos
hundido entre la hierba que orina el diablo
tortuoso y rico como sus tripas.

Estoy endemoniado de semillas
me nacen los odios como lava
crezco desde la ceniza
en oleadas de camellos
(la aguja clava su ojo
entre la fe y la falacia.

La caravana de recuerdos
cruza el imperio entre la dicha,
la mañana
y su sabor a cactus).


Epitafio (Juan 5:8)

Creíste que sería fácil
te sentías intangible
purgaste karmas milenarios
arrastraste piernas al Gólgota
cruzaste cuarenta desiertos de voluntad.

Fénix de cada amanecer,
triplicaste la fuerza de tus brazos
evitaste el horror de los espejos
te quedaste, por nosotros.

Aquí yaces
sin rencores
endurecido

Te saluda tu alma ignorada
bailando feliz
el despertar de los muertos.

(*)Pablo Gullo vive desde siempre en Junín, provincia de Mendoza. Es profesor y licenciado en Letras, ha publicado el libro cuentos y misceláneas Humores Malignos en 2004, la novela filosófica El mesías de la nada, en formato blog, en 2011, y formó parte del colectivo literario Ale Caterva, con quien publicó Vieje en 2013. Actualmente es miembro del taller literario de Juan Forn.

martes, 9 de mayo de 2017

La historia de un poema de Luis Benítez

Luis Benítez.

por Luis Benítez (*)
Especial para El Desaguadero

Si los poemas tuviesen un «tema» –yo francamente creo que la poesía solamente tiene uno, que es ella misma, y que utiliza todos los supuestos sentidos de cada poema para describir sus regiones- el de La rueda sería, obviamente, el de las mutaciones.

Este poema data del invierno de 1993, cuando en el American Museum of Natural History de Nueva York vi un mandala indio –o quizá tibetano, no lo sé– con la típica forma circular y el laberíntico interior repleto de formas a primera vista incomprensibles. Yo visitaba muy seguidamente aquel museo, porque sus colecciones son increíblemente maravillosas y porque además vivía muy cerca de allí, en la calle 82 entre Amsterdam Avenue y Central Park West, a solamente tres cuadras del lugar, pero nunca antes me había fijado en el mandala. Estas figuras tienen  un poder hipnótico y, de hecho, entre otras razones fueron creadas para ello. Al salir del museo, donde estuve la mayor parte de ese día, la imagen del mandala –la que yo recordaba y decididamente ya había transformado en la que guardo en la memoria- seguía ocupando poderosamente mi mente, imponiéndose a todas las demás que había cosechado en mi visita al museo. Cuanta cosa veía dotada de forma circular a mi alrededor acrecentaba aquel recuerdo; particularmente las ruedas de los automóviles que circulaban por la Central Park West.

Caminé por la vereda del parque sin entrar en él, pensando «algo viene», y al llegar a la esquina de la calle 72, donde está el Dakota Building (en cuya entrada, 13 años antes, un 8 de octubre, Mark David Chapman asesinó de 4 disparos a John Lennon), entré en el parque y busqué un banco donde sentarme, aunque el frío era muy intenso. Si hubiese tenido algo de dinero seguramente hubiese ido a un coffee-shop, pero no poseía ni medio dólar en aquel momento. No había nadie en las inmediaciones y la imagen del mandala seguía en mi mente superponiéndose a la de las ruedas de los automóviles, siempre en rápido movimiento. Se me antojó que aquello era un símbolo del cambio perpetuo de apariencia de las cosas, de todas las cosas sintetizadas en las misteriosas imágenes del interior del mandala, que sin embargo, como las ruedas de los coches, seguía siendo la misma cosa aunque su apariencia se mostrara diferente a cada rápido giro de los trenes delanteros y traseros que las impulsaban –ya entonces, ruedas y mandala era un único objeto en mi imaginación– y en esa tarde helada comencé a escribir de un tirón los cantos uno y tres de La rueda, que entonces se llamaba El Mandala y no estaba dividido como en esta versión definitiva en secciones sino que consistía en un cuerpo único. Yo creí que lo había concluido allí mismo.

Volví a casa y me pasé en cama una semana completa, con una linda gripe estadounidense y un nuevo poema en mi haber, y hasta llegué a pensar estúpidamente que aquella afección era un precio que debía pagar por esa súbita inspiración, cosa que atribuyo decididamente a la fiebre que me sobrevino: nadie cree menos en lo sobrenatural que yo, pero recordé todo ese tiempo que estuve en cama muchas cosas que había leído casi dos décadas antes sobre orientalismo, gracias a la poeta Mónica Giráldez, y a haber asistido a varias conferencias en una institución de Buenos Aires, llamada Nueva Acrópolis, vagamente ocultista.

Nadie siente mayor curiosidad por lo sobrenatural que los ateos como yo. Sin duda lo elaborado a partir de mi encuentro con el mandala en el Museum of Natural History se fundió en mi mente con lo que ya conocía y de hecho perduró esa mixtura, pues tres años después, ya en Buenos Aires, retomé aquel poema de Nueva York y le agregué los cantos dos y cuatro, sin tocar en absoluto los cantos uno y tres. El tono final, creo, descarta la sobrenatural y afirma metafóricamente el criterio del materialismo hindú, despojado de todos sus disfraces y ornamentos. Claro que, como dije al comienzo, este es solamente el tema aparente del poema.

Mucho después, en 2015, la traductora rumana Diana Dragomirescu llevó La Rueda a su lengua y lo incluyó en una antología de mi poesía, Poemul de Fier, publicada ese año por PIM Editura, de Bucarest.



la rueda

i.

la rueda es el movimiento del mundo
hecho del movimiento de todas las cosas
las cosas mueven al mundo por el conflicto
entre los opuestos que viven en ellas
lo oscuro y lo claro lo bueno y lo malo
lo oculto y lo expuesto
lo entendido y lo ignorado
generan el movimiento al combatir entre ellos
¿cómo podría algo o alguien
detener un movimiento tan formidable?
sería como un ratón intentando
detener la rueda de un automóvil
si diez ratones intentan detenerla
son destruidos si diez mil intentan detenerla
son destruidos


ii.

la rueda está fuera y dentro de todas las cosas
por eso todas las cosas cambian continuamente
de posición como los dibujos que alguien pinta
en una rueda siguen siendo los mismos y la rueda la misma
pero su forma y su dirección cambian continuamente
solamente un ignorante cree que algo cambia las cosas
confunde la apariencia con la verdad única
del movimiento de las cosas así lo malo es lo bueno
y lo bueno sigue siendo lo malo: aunque lo veamos invertido
¿qué sentido tiene ello si luego vuelve a pasar
por el mismo lugar y más tarde cambia nuevamente?
un hombre de pie y un hombre acostado
siguen siendo solamente un hombre


iii.

los cambios tienen una velocidad diferente
pero aparente en cada cosa
un hombre cambia a cada hora como el día cambia
pero es difícil entender cuándo la mañana
se hace mediodía hasta que llega el mediodía
una vida cambia aparentemente con mayor lentitud
porque es la suma de muchos y continuos cambios
quien puede verlos también puede ver el crecimiento
continuado de los árboles y la muerte y el renacimiento
de todo a su alrededor sin embargo esto es aparente
porque es difícil entender que los cambios
se producen en cosas que realmente nunca cambian


iv.

sabe quiere osa y calla lo opuesto
es quien sabe pero no quiere
el que quiere pero no osa
ese que osa pero no calla
y más hondo en la perdición
quien calla porque no osa
el que quiere porque no sabe



(*) Luis Benítez, Buenos Aires, 1956. En poesía, ha publicado: Poemas de la Tierra y la Memoria (poesía, Ed. Stephen and Bloom, Bs. As., 1980); Mitologías/La Balada de la Mujer Perdida (poesía,  Ed. Ultimo Reino, Bs. As., 1983); Behering y otros poemas (poesía,  1ra. ed., Ed. Filofalsía, Bs. As., 1985, 2da. Ed. Cuadernos del Zopilote, México D.F., 1993; 3ra. edición, Bering Och Andra Dikter, traducción al sueco de Maria Nääs, Ed. Encuentros Imaginarios Verlag, Suecia, 2012); Guerras, Epitafios y Conversaciones (poesía, Ed. Satura, Bs. As., 1989); Fractal (poesía, Ed. Correo Latino, Bs. As., 1992); El Pasado y las Vísperas (poesía, Ed. de la Universidad de los Andes, Venezuela, 1995); Selected Poems (antología poética, selección y traducción de Verónica Miranda, Ed. Luz Bilingual Publishing, Inc. Los Angeles, EE.UU., 1996); La Yegua de la Noche (poesía, Ediciones Del Castillo, Santiago de Chile, Chile, 2001); El venenero y otros poemas (poesía, Ed. Nueva Generación, Buenos Aires, 2005); Antología poética (antología en e-book, introducción, selección y notas de Alejandro Elissagaray, Ed. Wordtheque, Bolonia, Italia, 2005, www.wordtheque.com); La tarde del elefante y otros poemas (poesía, Ed. Ala de Cuervo, Caracas, Venezuela, 2006; 2da. edición, Ediciones Azafrán y Cinabrio, México, 2008; 3ra. edición, La Sera dell’elefante e altre poesie, traducción al italiano de Emilio Coco, Ed. Sentieri Meridiani Edizioni, Collana “Uni-Versi”, Italia, 2012; 4ta. edición, Buenos Aires Poetry, colección “Pippa Passes”, Buenos Aires, 2014; 1ra.ed. como e-book de descarga gratuita: http://ibuk.com.ar/f_benitez_La_tarde_del_elefante.html, Ediciones Ibuk, Buenos Aires, 2012); Poemas Reunidos (antología en  e-book, introducción, selección y notas de Elizabeth Auster, Ed. La Sombra del Membrillo, Madrid, España, 2006, http://lasombradelmembrillo.com/VI/2009/01/poemas-reunidos/); Luis Benítez: Breve Antología Poética (introducción, selección y notas de Elizabeth Auster, Ed. Juglaría, Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina, 2008; edición en e-book: www.publicatuslibros.com, Biblioteca de Libros de Poesía, Ed. Itakkus, Jaén, España; 2da. edición, Luis Benítez: A short poetic anthology, trad. por Beatriz Allocati. Ed. The Littoral Press, Inglaterra, 2013; 3ra. edición, Luis Benítez: Breve Anthologie Poétique, traducción al francés de Jean Dif, Éditions La Résonance, Francia, 2014); Poemas Completos (3 tomos, ensayo introductorio del Prof. Lic. Luis González Platón, de la Universidad de Madrid, Ediciones  Publicatuslibros.com, Jaén, España, 2010, edición en e-book: www.publicatuslibros.com). Manhattan Song. Cinco Poemas Occidentales (poesía, Ediciones  El Fin de la Noche, Buenos Aires, 2010. Edición en e-book: www.elfindelanoche.com.ar; 2da. edición, Manhattan Song. Cinci Poeme Occidentale, trad. al rumano de Flavia Cosma. Ars Longa Editura, Rumania, 2013); A Heron in Buenos Aires. Selected Poems (antología poética compilada y traducida por Cooper Renner, con ensayo epilogal de Carmen Vasco Fernández Moreno. Ed. Ravenna Press, Seattle, EE.UU., 2011); Les Imaginations (poesía, trad. de Jean Dif. Éditions L’Harmattan, París, Francia, 2013); Poemul de Fier/El Poema de Hierro (antología poética, rumano-español, Trad. de Diana Dragomirescu, PIM Editura, Colercción Bibliotheca Universalis, Bucarest, Rumania, marzo de 2015); Lascia che parli Ezra Pound/Deja que hable Ezra Pound (antología poética, italiano-español, selección de Mario Meléndez, trad. de Gianni Darconza, Ed. Raffaelli Editore, Rímini, Italia, 2016).

lunes, 1 de mayo de 2017

Catacumbas: el bautismo de la escritura

Catacumbas, de Luciana Jazmín Coronado
(Valparaíso Ediciones, 2016).


por Diego Roel



«Cuando hundimos nuestra cabeza en el agua, como en un sepulcro, el hombre viejo resulta inmerso y enterrado enteramente. Cuando salimos del agua, el hombre nuevo aparece súbitamente».
Juan Crisóstomo, Homil. in Joh., XXV, 2


La pérdida del padre –o su ausencia– es, sin lugar a dudas, uno de los topoi literarios más fructíferos. En Catacumbas, el segundo libro de Luciana Jazmín Coronado, encontramos una voz que denuncia el discurso del amo. El padre es el límite a franquear, aquello que nunca se alcanza, lo que se aleja siempre.

«Cuando me abandona
papá muere
luego revive
es una flor nocturna
se le alargan los pétalos
como billetes gruesos
y me abraza
dejándome la sombra»

Estamos ante un padre mítico, totémico, que aprisiona a su hija a través de la mirada. Que instaura la noche en el día. Que se convierte en pantera. Estamos ante una sombra carnívora.

«Duele papá Daniel
el espejo tuyo en mí
la obra hecha de sal
duele papá pero no sangro
dejo el fondo mío
en el aljibe
me espanto ante tu rostro viejo
tus ojos de telarañas, papá
duele aquello que se tiende
sin tacto sobre mí»

Catacumbas describe un descenso, el acceso a un territorio vedado. Nos invita a atravesar un umbral, un jardín prohibido, impregnado de materia oscura. Lo que se busca (un espectro) es signo de lo imposible. Se muestra para ocultarse, se ausenta, se hace desear. Busca ser deletreado, ocupa un lugar inestable.

«llegué al jardín
y estaba impregnado
de materia oscura,
en contraste
las arañas eran blancas»

El amor de los padres es una herida que se lleva en cicatriz. Se trata, entonces, de rehuir el cobijo, de asumir el mayor riesgo. Sí, hay que ir hasta el final, habitar lo sin techo. Hay que lanzarse en el pozo. Y romperlo. Debemos, como aconseja Helene Cixous, conservar al otro dentro de la diferencia. Ésa es la única manera de desafiar la representación patriarcal, la única forma de escapar de la astucia y la violencia del padre. El desafío es afirmarse en el cambio, y convertirse -uno mismo- en grito, en carne que habla y transgrede. En desgarradura. Porque es en el cuerpo donde se libra la batalla, donde se niega la primacía del falo.

«en el fondo de tu sangre
hay una herida
que debés curar
tomarás un atajo
encontrarás tu sombra»

El descenso propicia el encuentro con la tierra, la emergencia de lo nuevo, la promesa de los frutos. Sumergirse permite entrever el pasaje, ser padre del nombre, encontrar un lenguaje dentro del lenguaje. Porque necesitamos una lengua propia que venga a reparar, a curar la herida, a instaurar ese anudamiento no borromeo al que aludía Lacan. Sólo la caída permite crear a partir de la nada, establecer una nueva combinatoria. Sólo el descenso nos establece en lo abierto, lejos de la dirección habitual.

«entonces
¿cuánto faltará
para que el jardín se esconda
y un baúl
de flores azules
ilumine bajo la tierra?»

Siempre en movimiento, la mujer que habla en estos poemas habita el cambio. Siempre en fuga, su misión consiste en reunir los hilos dispersos del paisaje, cavar hasta encontrar la piedra viva del poema. Hija de nadie, debe rehacerse, fabricarse un rostro nuevo, atravesar el punto de luz. Cruzar la frontera. Hija de nadie, con lo que sobra debe hacer una joya, un talismán. La infancia, la niña que fue, vendrá de lejos, atravesará cada sótano de la memoria, dejará su color en el aire.

«luego de días de calma
encontraré la hierba»

Los poemas de Luciana instalan una voz que habita varios registros temporales, que pivotea entre el pasado (el aura  mítica de la infancia) y el futuro. Al final de su viaje, el sujeto ha perdido sus partes internas. Es un odre vacío, un armazón. Extravió el color de la sangre, es pura espera. Arrastra lo que quedó de la noche. Se aferra al pellejo del planeta. Abre la boca para balbucear, todavía, un lenguaje.

«padre, no intentes que coma
verás caer mis libros,
me verás esconder historias,
revolear juguetes, clasificar espadas
padre trajo restos de mí
en una caja
son dibujos de encierro»

Un oso desenhebrado late entre las sábanas blancas. Sobre los vidrios triturados, el tiempo hunde su pico de grulla. No hay música. Explotó la bomba. El mar invadió la casa de la memoria. No florecerán lirios.

«papá debe morir»

Asesinar al padre –y revivirlo– equivale a permanecer con vida. Semejante operación exige un descenso órfico, una inmersión en lo escuro.  Pero, ¿hay algo del otro lado? ¿Hay una región, un reino más allá? ¿Hay otras puertas?

«marcaré
tu ataúd
con tiza»

La voz que irrumpe en los poemas de Luciana Jazmín Coronado insiste, cae, vuelve a levantarse, borda palabras. Pinta con colores brillantes. Libera una fuerza inaudita. Muta. Nos dice que es posible, a través de la alquimia de la poesía, ingresar a un espacio donde la astucia y la violencia no existen.


Referencias:
Freud, S. (1936). Obras completas. Un trastorno de la memoria en la Acrópolis (Carta abierta a Romain Rolland en ocasión de su septuagésimo aniversario). Traducción directa del alemán por Luis López- Ballesteros y de Torres, Tomo III. Madrid: Biblioteca Nueva, 2003.
Cixous, Helene. La risa de la medusa. Traducción del francés de Ana María Moix (revisada por Myriam Díaz-Diocaretz) Barcelona: Anthropos Editorial, 2001.
López, H. Lo fundamental de Heidegger en Lacan. En: Lo abierto, más lejos que el padre. Buenos Aires: Letra viva, 2004

Luciana Jazmín Coronado.


Tres poemas de Catacumbas
de Luciana Jazmín Coronado (*)

La bomba

mi hermanito y yo
no esperábamos la bomba
pero ha caído

te veo
sobre los vidrios triturados
lo que queda
son uno o dos pensamientos
que flotan ocultos entre el fuego

la habitación devastada
el tiempo ahí
pico de grulla al sol

en esta casa no florecerán lirios
no habrá música

hermanito,
sentí una luz antes de la explosión
era el mar incrustado en nuestras cabezas



Soy la alquimista


cuando me abandona
papá muere

luego revive
es una flor nocturna
se le alargan los pétalos
como billetes gruesos
y me abraza
dejándome la sombra

a papá lo mato y lo revivo
soy su alquimista

papá tiene que morir en el viento
ya hice varias mutaciones
de un resto logro una joya

papá debe morir ser piedra dejar de ser pantera
no a los ojos felinos no a la astucia

papá ya no es porque de tanto mentir
fue árbol le cosieron la boca


De mar, de mar en mar

enciendo
todos los bosques
en mi deriva

me agarro al marfil
de los cuernos de un ciervo

entrego al río
el cuerpo lleno de faros
una sola espiga soy
leve como el eco de un viento de un viento

de mar, de mar en mar
me aferro a las costas
y a la prisa de la espuma
que envuelve

el pellejo del planeta


(*) Luciana Jazmín Coronado nació el 3 de abril de 1991 en Buenos Aires, Argentina. Estudia Licenciatura en Letras (Universidad de Buenos Aires) y Traductorado de Inglés (ENS en Lenguas Vivas). Trabaja como docente de lengua, literatura e inglés y traduce poesía. Publicó La insolación (Viajero Insomne, 2014) y Catacumbas (Valparaíso Ediciones, 2016, I Premio Hispanoamericano de Poesía de San Salvador). Parte de su obra fue publicada en antologías, revistas y blogs. Algunos de sus poemas han sido traducidos al italiano.